El evangelio de Dios y el llamado a la fe (Romanos 1:1–7)
Texto base: Romanos 1:1–7.
I. Introducción: un saludo que resume todo el evangelio
A primera vista, Romanos 1:1–7 parece ser un saludo más de una carta antigua. Sin embargo, cuando se lee con atención, se descubre que en estas líneas Pablo condensa la esencia del mensaje que va a desarrollar en toda la epístola. Aquí aparecen unidos el mensajero, el mensaje, el centro del mensaje (Cristo) y los destinatarios llamados a responder.
Pablo escribe a creyentes que viven en la capital del imperio, en una ciudad llena de poder, filosofía y religiones. En ese contexto, él no se avergüenza de presentarse como siervo de un Señor crucificado y resucitado, ni de proclamar que el verdadero evangelio no nace del hombre, sino de Dios mismo. El saludo prepara el corazón del lector para entender que lo que sigue en la carta no es una opinión más, sino la revelación del plan de Dios para la salvación.
Este pasaje, por lo tanto, no es un simple preámbulo. Nos enseña quién es Pablo, quién es Cristo, qué es el evangelio y quiénes somos los creyentes. Al meditar en cada expresión y en varias palabras claves que aparecen en el idioma original, podemos apreciar con mayor profundidad la riqueza del mensaje.
II. Pablo: siervo, llamado y apartado para el evangelio de Dios (v. 1)
1. “Siervo de Jesucristo”: la identidad de quien ha sido comprado
Pablo inicia su carta diciendo: “Pablo, siervo de Jesucristo…”. La palabra que se traduce “siervo” es doulos, que en el uso común significaba esclavo. Un doulos no se pertenecía a sí mismo, sino a su amo. Con esta palabra, Pablo reconoce que su vida ya no gira alrededor de sus propios deseos, sino alrededor de la voluntad de Cristo.
No siempre fue así. Antes, Pablo vivía para sus propias convicciones religiosas, persiguiendo a la iglesia. Pero al encontrarse con el Señor en el camino a Damasco, fue ganado por Cristo y comprendió que había sido comprado por un precio muy alto: la sangre del Hijo de Dios. La verdadera libertad no consiste en vivir sin dueño, sino en tener el dueño correcto. Cristo es un Señor que no oprime, sino que salva.
Presentarse como doulos de Jesucristo también contrasta con la mentalidad de una ciudad como Roma, que exaltaba la posición social, el honor y la reputación. Pablo, ciudadano romano y judío instruido, no se presenta por sus méritos humanos, sino por su relación con Cristo. Esto ya es una enseñanza para nosotros: antes que cualquier título o logro, nuestra identidad más profunda es pertenecer al Señor.
2. “Llamado a ser apóstol”: enviado por iniciativa de Dios
Después se describe como “llamado a ser apóstol”. El texto griego dice klētos apostolos, “apóstol llamado”. La palabra klētos está relacionada con “llamar” y señala que la iniciativa no fue de Pablo, sino de Dios. Él no se ofreció voluntariamente para este oficio; fue alcanzado, transformado y comisionado por Cristo.
Apostolos significa “enviado”, alguien que lleva un mensaje con autoridad de parte de quien lo envía. En el caso de Pablo, esto implicaba ser testigo del Cristo resucitado y ser instrumento de Dios para llevar el evangelio a los gentiles. Aunque hoy no repetimos el mismo apostolado fundacional que tuvieron Pablo y los doce, sí compartimos esta realidad: todo creyente ha sido llamado por Dios, y la vida cristiana es respuesta a esa voz que nos convoca a seguir a Cristo.
Comprender que el llamado viene de Dios nos libra tanto del orgullo como de la inseguridad. No servimos porque seamos mejores que otros, ni porque hayamos decidido ser “más espirituales”, sino porque Dios, en su gracia, decidió tomarnos y utilizarnos para su gloria.
3. “Apartado para el evangelio de Dios”: una vida marcada por un propósito
Pablo concluye su presentación diciendo que fue “apartado para el evangelio de Dios”. La palabra usada es aphōrismenos, que tiene la idea de “separar, marcar un límite, distinguir”. Antes, Pablo estaba consagrado a la tradición farisea; ahora, Dios lo ha apartado para algo totalmente nuevo: anunciar el evangelio.
Esta expresión no se limita a los apóstoles. También describe lo que ocurre con cada creyente. Cuando Dios nos salva, no solo nos libra de la condenación, sino que nos separa para Él. Nos da un propósito nuevo: vivir para el evangelio, en lugar de vivir para nosotros mismos. Nuestras decisiones, planes y prioridades comienzan poco a poco a ordenarse alrededor de la voluntad de Dios.
Aquí cabe una pregunta personal: ¿para qué siento que vivo? ¿Para mis propios proyectos, o para el evangelio de Dios? Pablo nos muestra una vida enfocada: pertenecer a Cristo, responder a su llamado y estar apartado para el anuncio de su mensaje. Esa misma dirección es la que el Señor quiere seguir formando en nosotros.
III. El evangelio prometido y centrado en la persona de Cristo (vv. 2–4)
1. El evangelio prometido “en las santas Escrituras”
Pablo aclara que este evangelio “había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras”. El evangelio no es una invención reciente ni una idea aislada. Desde Génesis hasta Malaquías, Dios fue anunciando que enviaría un Salvador, un Rey justo, un siervo sufriente, un nuevo pacto. Las promesas hechas a Abraham, a David y mediante los profetas convergen en la persona de Cristo.
Esto significa que la Biblia es una sola historia. El Antiguo Testamento no es un libro aparte de Cristo, sino el camino que prepara su venida. Cuando Jesús resucitado habló con los discípulos de Emaús, les explicó “en todas las Escrituras lo que de él decían” Lucas 24:27. El evangelio es, por tanto, el cumplimiento de las promesas de Dios, no un cambio de plan.
2. “Acerca de su Hijo”: el corazón del mensaje
Pablo resume el contenido del evangelio con esta frase: es “acerca de su Hijo”. El texto dice peri tou huiou autou, “acerca de su Hijo”. El centro del mensaje no son nuestras experiencias, ni nuestras necesidades, ni nuestras obras, sino la persona del Hijo de Dios. Todo lo demás —perdón, justificación, adopción, esperanza— fluye de quién es Él y de lo que ha hecho.
Nuestro Señor es llamado aquí “Jesucristo”. “Jesús” señala su humanidad histórica; “Cristo” (del griego Christos, equivalente al “Mesías” del Antiguo Testamento) señala que es el Ungido de Dios, el Rey prometido. Además, se le llama “Señor”, título que en la versión griega del Antiguo Testamento se usa para Dios. Este conjunto de títulos muestra que estamos ante una persona única: verdadero hombre, verdadero Dios, el Mesías prometido y el Señor digno de toda obediencia.
3. “Del linaje de David según la carne”: Cristo verdadero hombre
Pablo afirma que el Hijo “era del linaje de David según la carne”. La expresión “según la carne” traduce kata sarka y aquí señala su naturaleza humana. Jesús no es una idea abstracta ni un mito religioso, sino un descendiente real de David, nacido en una familia, en una ciudad concreta, dentro de la historia de Israel.
Esto nos recuerda que la salvación no ocurre fuera de la historia, sino dentro de ella. El Hijo eterno de Dios entró en el tiempo, se hizo semejante a nosotros, creció, sufrió y murió. Como dice otro pasaje, fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” Hebreos 4:15. De esta manera, Él puede representarnos y compadecerse de nosotros.
4. “Declarado Hijo de Dios con poder”: Cristo exaltado por la resurrección
El versículo 4 declara que Jesús fue “declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos”. La palabra traducida “declarado” es horisthentos, que también puede significar “designado, señalado con claridad”. No quiere decir que Jesús se convirtió en Hijo de Dios en la resurrección, sino que su condición de Hijo quedó manifestada y confirmada con poder.
Así como “según la carne” señala su humillación y su humanidad, “según el Espíritu de santidad” apunta a su estado exaltado, glorioso. La resurrección marca el paso de la humillación a la exaltación. Dios Padre testifica públicamente que Jesús es su Hijo, levantándolo de entre los muertos y otorgándole el nombre que es sobre todo nombre.
Si Cristo hubiera muerto y no hubiera resucitado, no habría evangelio. Pero al resucitar, demostró que su sacrificio fue aceptado, que el pecado fue vencido y que la muerte fue derrotada. Nuestra fe descansa en un Señor vivo. Esta verdad sostiene toda la carta a los Romanos y da seguridad al creyente: el mismo que murió por nuestros pecados vive para interceder por nosotros.
IV. Gracia, apostolado y la obediencia de la fe (v. 5)
1. “Recibimos la gracia y el apostolado”
Pablo continúa: “y por quien recibimos la gracia y el apostolado”. De nuevo aparece la palabra charis, “gracia”: el favor inmerecido de Dios. Antes de hablar de cualquier servicio, Pablo subraya que todo lo que tiene y es proviene de la gracia. También menciona el “apostolado”, apostolē, la encomienda de ser enviado. Primero gracia, luego servicio.
Esto también se aplica a nosotros. Antes de cualquier ministerio, función o actividad en la iglesia, está la gracia que nos alcanzó cuando no la buscábamos. Servir sin recordar la gracia conduce al orgullo o al agotamiento. Servir a partir de la gracia nos mantiene humildes y confiados: no somos indispensables, pero Dios ha querido usarnos.
2. “Para la obediencia a la fe”: fe que se expresa en vida
Pablo explica el propósito de esta gracia y este encargo: “para la obediencia a la fe en todas las naciones por amor de su nombre”. La expresión griega es eis hypakoēn pisteōs. Hypakoē es obediencia; pistis es fe. Juntas, describen una fe que no se queda en palabras, sino que conduce a una vida sometida a Cristo.
No se trata de dos cosas separadas, como si primero creyéramos y luego, quizás, obedeciéramos. La verdadera fe incluye la confianza del corazón y la rendición de la voluntad. Quien cree de verdad que Jesús es el Hijo de Dios, el Señor resucitado, no puede permanecer indiferente ante sus mandamientos. Donde hay fe auténtica, comienza un camino de obediencia; y donde hay verdadera obediencia cristiana, siempre está presente la fe.
Además, esta obediencia de la fe se busca “en todas las naciones”. El evangelio no se limita a una cultura específica. El mismo mensaje que alcanzó a Pablo, a los creyentes de Roma, a judíos y gentiles, hoy se sigue anunciando en todo el mundo. El objetivo final no somos nosotros, sino el Señor: todo es “por amor de su nombre”. La misión existe porque el nombre de Jesús merece ser conocido, honrado y adorado en toda la tierra.
V. Los creyentes: llamados de Jesucristo, amados de Dios y santos (vv. 6–7)
1. “De los cuales sois también vosotros”: parte del gran propósito de Dios
Pablo agrega: “entre las cuales estáis también vosotros, llamados a ser de Jesucristo”. Los creyentes de Roma no son un grupo marginal, alejados del plan de Dios. Forman parte del mismo propósito que abarca a todas las naciones. Son fruto del evangelio y, al mismo tiempo, colaboradores en su extensión.
La expresión “llamados a ser de Jesucristo” indica pertenencia. En el texto, se usan términos como klētoi Iēsou Christou, que señalan que los creyentes pertenecen a Jesús porque Él los llamó y los compró. No se trata solo de haber tomado una decisión por Cristo, sino de haber sido tomados por Él.
2. “Amados de Dios”: vivir desde el amor que nos encontró
Pablo se dirige “a todos los que estáis en Roma, amados de Dios”. La palabra usada para “amados” es agapētoi, la misma que se usa para hablar del Hijo amado. Es un amor fiel, decidido, que no depende de nuestros méritos. En Cristo, el creyente es objeto de ese amor constante del Padre.
Muchos cristianos luchan con sentimientos de indignidad o de rechazo. Estas palabras nos recuerdan que nuestra identidad no se define por nuestros fracasos, sino por el amor de Dios mostrado en la cruz. Antes de hacer algo para Él, somos amados por Él. Este amor es el fundamento de nuestra seguridad y el motor de nuestra transformación.
3. “Llamados a ser santos”: identidad y camino
Los destinatarios también son “llamados a ser santos”. De nuevo aparece klētoi (llamados) unido a hagioi (santos). El creyente es alguien que ha sido separado para Dios. No es santo porque haya alcanzado un nivel superior, sino porque Dios lo ha consagrado para sí en Cristo.
La santidad, entonces, es a la vez una identidad y un camino. Ya somos santos porque pertenecemos al Señor, y al mismo tiempo somos llamados a vivir de manera coherente con esa realidad. Esto implica apartarnos del pecado, renovar nuestra mente y buscar reflejar el carácter de Cristo en nuestra manera de pensar, hablar y actuar.
4. “Gracia y paz… de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”
El saludo culmina con una bendición: “Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. La gracia que salva es la misma que sostiene. La paz que recibimos al ser reconciliados con Dios se convierte en un estado nuevo de vida: ya no somos enemigos, sino hijos.
Llama la atención que esta gracia y esta paz vienen de “Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. Ambos aparecen unidos como fuente de bendición, mostrando la unidad del plan de salvación. Vivir bajo la gracia y la paz de Dios es vivir conscientes de que todo proviene de Él y regresa a Él.
VI. Implicaciones para la fe y aplicaciones prácticas
1. Volver a un evangelio centrado en Cristo
Al ver que el evangelio es “acerca de su Hijo”, somos llamados a revisar cómo entendemos y anunciamos el mensaje cristiano. Es fácil deslizarse hacia discursos centrados en el bienestar, la superación personal o las emociones, y dejar a Cristo en segundo plano. Este pasaje nos devuelve al centro: el evangelio es la buena noticia de quién es Jesús y de lo que ha hecho por pecadores.
Una vida cristiana sana es aquella que se alimenta continuamente de Cristo: meditando en su persona, en su encarnación, en su muerte, en su resurrección y en su regreso prometido. Todo cambio real en nuestra vida brota de contemplar y confiar en Él.
2. Vivir como siervos apartados para el evangelio
El ejemplo de Pablo nos invita a preguntarnos: ¿cómo me presento a mí mismo? ¿Qué siento que define mi vida? La identidad de siervo de Jesucristo y de persona apartada para el evangelio no es solo para apóstoles o líderes, sino para todos los que pertenecen a Cristo.
En lo práctico, esto puede significar reordenar prioridades, renunciar a aquello que estorba nuestro crecimiento espiritual, servir con fidelidad en la iglesia local, usar nuestros dones para edificar a otros y ver nuestro trabajo diario como un lugar donde honrar a Dios. No todos tendrán un ministerio público como Pablo, pero todos podemos vivir conscientes de que nuestra vida le pertenece al Señor.
3. Responder con la obediencia de la fe
El pasaje habla de la “obediencia a la fe”. Esto nos recuerda que confiar en Cristo no es solo aceptar ciertas verdades, sino someternos a su señorío. La obediencia no es el precio que pagamos para ser aceptados, pero sí es la evidencia de que hemos creído de corazón.
Podemos preguntarnos: ¿en qué áreas sé lo que Dios pide, pero sigo resistiéndome? Puede tratarse de perdonar a alguien, de abandonar un pecado, de reconciliar una relación, de obedecer en el manejo del dinero, en la integridad, en la pureza. El Señor que nos amó y se entregó por nosotros es digno de una respuesta obediente.
4. Vivir desde la identidad de “amados” y “santos”
Saber que somos “amados de Dios” y “llamados a ser santos” cambia la manera en que enfrentamos la culpa, la vergüenza y las caídas. Cuando fallamos, el enemigo quiere que olvidemos quiénes somos en Cristo. Este pasaje nos recuerda que nuestra posición delante de Dios descansa en su amor y en la obra de su Hijo, no en nuestro desempeño perfecto.
Una práctica útil es tomar tiempo para agradecer a Dios por estas verdades, repetirlas en oración, compartirlas con otros creyentes y regresar a ellas cuando la conciencia nos acusa. La santidad cristiana no nace del miedo, sino del amor que ya hemos recibido.
5. Participar en el propósito de Dios para las naciones
Pablo fue llamado para llevar la obediencia de la fe a todas las naciones. Nosotros, desde nuestro lugar, participamos del mismo propósito. Podemos orar por la obra de Dios en el mundo, compartir el evangelio con quienes nos rodean, apoyar a quienes sirven en otros lugares, usar nuestros recursos para la extensión del reino.
A veces pensamos que la misión solo corresponde a unos pocos “misioneros”. Romanos 1:1–7 nos muestra que toda la iglesia está incluida en el gran plan de Dios. Dondequiera que haya creyentes, ahí hay testigos de Cristo, llamados a mostrar con su vida y sus palabras que Jesús es el Señor.
Conclusión
En estos primeros versículos de Romanos, Dios nos regala una ventana al corazón del evangelio. Vemos a Pablo, siervo llamado y apartado; vemos a Cristo, Hijo de David según la carne y Hijo de Dios con poder por la resurrección; vemos a los creyentes, llamados de Jesucristo, amados de Dios y santos; y vemos el propósito final de todo: la obediencia de la fe en todas las naciones por amor del nombre de Jesús.
Que este estudio nos ayude a apreciar más la riqueza de este saludo inspirado, a volver nuestra mirada a Cristo y a renovar nuestra respuesta de fe, obediencia y gratitud. El evangelio de Dios sigue siendo hoy el mismo mensaje poderoso que transformó la vida de Pablo y de los creyentes en Roma, y que puede seguir transformando nuestra vida y la de muchos más.